Romper paradigmas a través de la mediación lectora

Por Nidya Areli Díaz

Seguramente ha sido ya comentada con anterioridad, la relación que existe entre la lectura y la deconstrucción y el cambio de paradigmas. Es el caso que pretendo abordar una vez más este tema, tratando de hacerlo desde el ámbito de la mediación y el fomento a la lectura. Para ello es, pues, prudente tratar de definir la palabra «paradigma» más allá de los escuetos intentos del diccionario, pues es un vocablo hoy en día muy en boga y, sin embargo, quizá no lo suficientemente desmenuzado. A saber, Luis Fernando Marín hace un arrastre del concepto según Thomas Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas, que postula a la letra: “Un paradigma es lo que los miembros de una comunidad científica comparte, y recíprocamente, una comunidad científica consiste en hombres que comparten un paradigma” (1). Pero Marín no se conforma con esta primera definición de Kuhn y agrega una noción —proveniente de ulteriores ediciones del mismo libro— que expande el concepto como: “El conjunto de las creencias, valores reconocidos y técnicas que son comunes a los miembros de un grupo dado”. Luego entonces, un paradigma no sólo correspondería al campo de la ciencia con sus científicos, sino que tocaría cabalmente las vidas, cosmovisiones, creencias, usos y costumbres de una sociedad, o cuando menos de un grupo de individuos insertos en ella; en términos de Marín: “significa que la ciencia no es sólo la formulación de leyes, sino lo que comparte una comunidad en términos de lenguaje, de visión, de socialización y de valoración” (2). Hasta ahí el concepto de paradigma.

En cuanto al ejercicio de la lectura no es menos ambiguo o polisémico el concepto en sí, pues, según el Diccionario de Lengua Española, va de “1. tr. Pasar la vista por lo escrito o impreso”, a “2. tr. Comprender el significado de cualquier tipo de representación gráfica”, a “3. tr. Entender o interpretar un texto de determinado modo”, hasta “8. tr. p. us. Dicho de un profesor: Enseñar o explicar a sus oyentes alguna materia sobre un texto”. De lo que se saca, pues, en común, amén de las distintas acepciones, la existencia y decodificación de un discurso, ya sea en el texto impreso, en la representación gráfica o en la materia dada. Mas, en términos de fomento y mediación de lectura en la actualidad, ¿de qué hablamos al referirnos al acto de leer? Daniel Cassany avanza en el terreno y trata de contextualizar la lectura no sólo desde el ámbito de la comprensión de discursos, sino que además atisba lo que requeriría hoy la lectura crítica en un universo y  tiempo globalizados, donde:

[…] nunca hasta hoy, gracias a las TICs, tanta población había tenido acceso tan instantáneo a muchos discursos; nunca hasta hoy habían circulado libremente (en periódicos, radiotelevisión, Internet) tantos discursos plurales, gracias al ejercicio de la libertad de expresión; nunca hasta hoy las decisiones sociopolíticas habían dependido tanto de la opinión de la ciudadanía, gracias a la organización democrática (y a sus elecciones, referendos, índices de opinión, etcétera). De modo que hoy no nos interesa solo conocer los mecanismos lógicos, lingüísticos o emocionales de los discursos persuasivos, o enseñar a unos pocos elegidos la manera de usarlos con eficacia, o descubrir los recursos que facilitaron en un determinado contexto histórico la construcción de una determinada representación cognitiva, sino que debemos plantearnos cómo podemos educar al lector –a toda la ciudadanía, a decenas de millones de personas– para que sepa detectar y desactivar estos mecanismos persuasivos, con la finalidad de que pueda tomar sus decisiones de modo maduro y consciente, de acuerdo con sus intereses (3).

Así, pues, la lectura ya no queda solamente en la decodificación de textos o representaciones simbólicas, sino que implica un acto social mucho más complejo, uno que involucra nuestros horizontes culturales, intereses personales e intervenciones sociales, y nuestra propia formación como ciudadanos partícipes del sistema democrático, situación que implica además una gran responsabilidad. Pero no solo eso, sino que además constituye un acto plural, diverso, en que el significado, siguiendo a Cassany:

[…] se ubica en la mente del lector, que se negocia y construye entre los conocimientos previos de éste y los datos aportados por el discurso, de modo que nunca es único, cerrado o estable: cada lector aporta su ‘conocimiento cultural’ y elabora un significado particular; varios lectores construyen significados diferentes para un mismo texto; un lector comprende de modo diferente un mismo texto en lecturas sucesivas, realizadas en épocas diferentes; un discurso adquiere matices diferentes a lo largo de su ciclo comunicativo, de su historia, con la llegada de nuevos contextos de lectura y lectores, etcétera. Para cualquier texto no existe un significado o el significado (la Verdad –en mayúscula–), sino múltiples variaciones interpretativas, cada una con su propia relevancia y plausibilidad, según los puntos de vista. Cada una de estas interpretaciones individuales constituye un porcentaje parcial de ‘verdad’ –en minúscula–, de manera que la forma más completa de comprensión radica en la suma de diferentes interpretaciones potenciales, susceptibles de ser generadas por el discurso para variados tipos de lectores (4).

De esta suerte, podemos ya atisbar la relación entre la lectura, la deconstrucción de los paradigmas, y la importancia de que esta lectura no se quede en la decodificación del discurso, sino que vaya a más y constituya un ejercicio crítico. Se entiende, pues, que la lectura hoy en día no debería ser un acto cerrado, tal que los significantes no enarbolan en absoluto un significado total, cuanto más que estamos en un momento de la historia en que nos es posible gozar del acceso a diversas fuentes, estímulos y culturas con relativa facilidad, de manera que un mismo discurso, suceso o experiencia, trae consigo diversas lecturas con diversas calidades y atributos. Debiera, pues, constituir la lectura crítica, no sólo la nuestra propia, sino la confrontación de otras lecturas emitidas desde diferentes ópticas y perspectivas. En consecuencia y a partir de ello, es casi inevitable, a partir de la lectura personal, emitida de acuerdo a nuestros juicios propios, y de la confrontación con otras ópticas, con otras lecturas plurales, la revisión de nuestras propias creencias, de nuestros paradigmas; es decir, el ponerlos en entredicho, al mismo tiempo que tratamos de argumentarlos, deconstruyéndolos, y los enriquecemos con otras perspectivas.

Finalmente, ¿para qué nos sirve la deconstrucción, desmenuzamiento, análisis e, incluso, cambio de nuestros propios paradigmas? Entendemos, en este sentido, que los paradigmas corresponden a estructuras del pensamiento personal y colectivo tan asimilados al propio ser del individuo que muchas veces ni siquiera es consciente de ellos. Marín les asigna así una serie de características en donde:

a) Al paradigma no lo podemos invalidar, falsear, acabar, destruir, […] [de tal suerte que] está eximido de la alternativa falso o verdadero. […] [A al larga] el paradigma pierde vigencia paulatina e imperceptiblemente […].

b) El paradigma es exclusivo y excluyente. Datos enunciados, ideas que no existan conforme a su marco de referencia no son reconocidos por éste. Por ejemplo, si afirmamos con el paradigma de simplificación que ‘una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa’, entonces excluimos la posibilidad de una afirmación compleja del tipo ‘el todo está en la parte y en la parte está el todo’.

c) El paradigma nos enceguece para lo que excluye como si no existiera. El paradigma es inconsciente, es supraconsciente, es decir, el paradigma se internaliza y como férrea anteojera no permite ver otras posibilidades […].

d) El paradigma es invisible. […] Siempre es virtual, […] nunca es formulado en cuanto tal, no existe más que en sus manifestaciones […]. Nuestro marco receptivo, nuestro marco mental, de pensamiento, de actuación y de lenguaje siempre se da como un trasfondo inadvertido, como una red de supuestos, como una red de valores y de valoraciones intangibles y, sin embargo, insidiosamente presentes […].

e) El paradigma crea la evidencia ocultándose a sí mismo. El que yace bajo su imperio cree que se rige por los hechos, por la verdad y no por el paradigma […].

f) El paradigma crea la sensación de lo que es real […].

g) Como es invisible, el paradigma es invulnerable. […] El talón de Aquiles de los paradigmas tiene que ver con los individuos, su creatividad, su imaginación y los caldos de cultivo e interacciones entre distintas culturas […].

h) Los paradigmas son inconmensurables entre sí […]. Los paradigmas en los cuales se alojan y se producen las ciencias son, entre sí, intraducibles; no existe la posibilidad de un lenguaje metaparadigmático que puede medir y conmensurar un paradigma con relación a otro.

i) Un gran paradigma determina una visión de mundo. Sólo el cambio de una época, un gran cisma religioso, una gran revolución social, un estrepitoso triunfo o una igualmente contundente derrota son la ocasión para cerciorarnos de cómo estaba implantada hondamente una creencia, un modo particular de vivir y actuar conforme a unos valores, a unos pensamientos, a unas verdades (5).

De esta suerte, podemos ya inferir que la lectura coadyuva de manera decisiva a la creatividad e imaginación de los seres humanos, que precisamente Marín califica de talón de Aquiles de los paradigmas, y de manera directa e indirecta funge como el caldo de cultivo en cuanto a interacción con otras culturas. La lectura, pues, bien llevada, pone sobre una balanza nuestras propias creencias, nos confronta con otras, nos ayuda a expandir el mundo en que vivimos, donde ni A ni B son la verdad, sino que A puede contener a B, B puede contener a A, o bien, tanto A como B pueden ser parte de C. La lectura, pues, nos enseña el valor de la empatía, de la argumentación, de la comunicación y del intercambio razonado y respetuoso, fundamental en la democracia y en la era de la información. En el ámbito de la mediación de la lectura, es imprescindible que el mediador, con sus propias limitaciones, sus tabúes, sus cojeras y miopías, tan humanas como factibles, no se esté encargando de enjuiciar los paradigmas de otros o de los mismos lectores en formación o, peor aún, que no esté tratando, inconscientemente, de transmitir sus propias estructuras de valores, sus propias creencias y paradigmas, sino que cuide de poner sobre la mesa, válidamente, todos los significantes compartidos sobre el significado en cuestión, de tal manera que se compartan, se sopesen y se enriquezcan mutuamente.

***

NOTAS:

  1. Luis Fernando Marín. “La noción de paradigma”. En Signo y pensamiento, vol. XXVI, num. 50. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, enero-junio, 2007. P. 36.
  2. Ibid.
  3. Daniel Cassany. “Explorando las necesidades actuales de comprensión. Aproximaciones a la comprensión crítica”. En el proyecto “La competencia receptiva crítica en estudiantes universitarios y de bachillerato: análisis y propuesta didáctica”. Barcelona: Universidad Pompeu Fabra. 
  4. Ibid.
  5. Luis Fernando Marín. “La noción de paradigma”. En Signo y pensamiento, vol. XXVI, num. 50. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, enero-junio, 2007. P. 39-40.

IMAGEN

Juliet, Daughter of Richard H. Fox of Surrey >> Alfred Lambart, 1931


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